Acabas una tarea y, en lugar de sentir satisfacción por ello, estás ya pensando en la siguiente. Te dicen que ha quedado bien, pero tú recuerdas ese detalle que podrías haber mejorado. Y cuando por fin paras, te dedicas a repasar todo lo que ha quedado pendiente y a organizar cómo vas a resolverlo mañana.
Aunque eres consciente de que sin duda has hecho mucho, terminas el día con la sensación de no haber hecho lo suficiente, y puede que te digas que ha sido por falta de tiempo o que necesitas organizarte mejor o que, cuando pase esta coyuntura, vivirás con más calma. ¿Y qué ocurre cuando esa coyuntura no parece tener fin? Seguramente entonces merezca la pena detenerte y observar cómo estás intentando responder y llegar a todo.
Sí: esto va de autoexigencia. Y frente a los enfoques que proponen desterrarla, yo pienso que la autoexigencia puede ayudarte a cuidar lo que haces, pero también puede añadir una presión que acabe siendo tan habitual en ti que apenas la distingas de tu sentido de la responsabilidad. Y en estos casos mi propuesta es que, para reconocer cuándo esa presión empieza a agotarte, mires tanto los resultados de lo que haces como el coste que te supone conseguirlos.
1. Qué es la autoexigencia y cuándo empieza a pasar factura
La autoexigencia tiene que ver con lo que esperas de ti y con el esfuerzo que te pides para cumplirlo. Por ejemplo, puede aparecer cuando quieres preparar bien algo importante, atender un compromiso o mejorar en una actividad que te gusta o te cuesta hacer.
En ese sentido se trata de un deseo que te proporciona dirección y te ayuda a perseverar, lo cual es obviamente positivo. El problema aparece cuando la exigencia se vuelve excesiva: todo merece una revisión más, cualquier error resulta inadmisible, o el descanso queda reservado para un momento en el que ya no haya nada pendiente.
Por tanto, la clave no está en renunciar a hacer las cosas muy bien, sino en evitar que, en ese anhelo, tus propios estándares se conviertan en una fuente constante de presión. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que es posible seguir cuidando la calidad de lo que haces y, al mismo tiempo, adaptar tus expectativas a cada situación, reconocer cuándo has cumplido y aceptar que un resultado valioso puede seguir siendo mejorable.
En mi trabajo como coach esta distinción es fundamental: una cosa es conservar ese cuidado por la calidad al que te impulsa tu autoexigencia y otra diferente, que dicho impulso termine por agotarte y restarte bienestar. La buena noticia es que la primera no tiene que implicar la segunda.
2. El esfuerzo real y la presión añadida
Hay situaciones que conllevan que realicemos un esfuerzo considerable, como cuando hemos de cumplir un plazo ajustado o atravesar una etapa de incertidumbre. Lo que ocurre a veces es que a ese esfuerzo se suman otros menos visibles, como querer prever cualquier contratiempo, responder siempre rápidamente o intentar evitar a toda costa que alguien se decepcione.
Imagina que tienes que enviar un correo electrónico para pedir a un familiar que se encargue de una tarea. Pensar qué quieres decir, redactarlo con claridad y revisar el mensaje requiere cierta dedicación, pero si lo relees una y otra vez buscando las palabras perfectas, intentando anticipar las posibles interpretaciones y queriendo asegurarte de que la persona no va a molestarse, lo que inicialmente era una tarea sencilla termina costándote mucho más tiempo y energía de lo que habías previsto.
Fíjate que en este ejemplo podemos distinguir entre, por un lado, la atención y el cuidado que requiere redactar el correo y, por otro, la exigencia de pretender controlar cómo lo interpretará quien lo va a recibir (spoiler: algo que difícilmente puedes garantizar). Pues bien: esa exigencia que va más allá de lo que la tarea requiere y que amplía lo que crees que debes lograr y garantizar es lo que denomino «presión añadida». Y que sea añadida no significa ni que sea imaginaria ni que la elijas conscientemente, porque puedes haberla interiorizado durante años y que tu entorno la haya reforzado; lo cual explicaría que quizá no te resulte fácil cuestionarla.
Distinguir ambas «cargas» (esfuerzo y presión añadida) permite afinar tu respuesta ante cada situación. Por ejemplo, ante una agenda desbordada puedes necesitar redistribuir las tareas, pero si además sientes que debes hacerlo todo sin margen de error, convendría revisar qué te estás pidiendo realmente. Y a menudo suele ser necesario atender ambas cosas: aliviar la carga real y revisar las exigencias que la intensifican.
3. Señales de autoexigencia excesiva en el día a día
Una tarde intensa o una revisión extra no bastan para identificar un patrón de autoexigencia excesiva, es decir, una forma habitual de actuar. Para poder reconocerlo hemos de observar con qué frecuencia aparece, en qué circunstancias y cuánto tiempo, energía o tranquilidad te acaba costando. Con las tres señales que te muestro a continuación quizá esta idea pueda verse mejor y que alguno de estos ejemplos te ayude a descubrir cómo se manifiesta esa exigencia en tus hábitos y reacciones habituales.
Te cuesta dar por terminado lo que ya cumple su función
Ya has encontrado una opción que responde a tus necesidades, pero sigues comparando opciones por si acaso. O retocas detalles sin tener del todo claro qué mejoras aportan a lo que estás haciendo. O rehaces una tarea que habías delegado en otra persona porque no se ha resuelto exactamente a tu manera.
Para entender qué ocurre en estos casos conviene fijarse en el sentido de esas revisiones y hacerse un par de preguntas que, en realidad, pueden aunarse en una sola: ¿cuándo tiene sentido revisar y cuándo aparecen las dificultades? En mis sesiones de coaching no soy yo la que aporta las respuestas, pero en esta reflexión comparto contigo dos que me parecen adecuadas: tiene sentido revisar cuando permite detectar errores o mejorar la calidad, y las dificultades emergen cuando cada comprobación conlleva nuevas dudas y nunca encuentras un criterio para dar algo por terminado.
El descanso depende de acabarlo todo
Ya te has dicho varias veces que pararás después de una última tarea, pero cuando la terminas aparece otra que también te parece necesaria. Y cuando por fin paras para descansar, sigues pensando en lo pendiente o en cómo compensarás la pausa que estás haciendo trabajando más después.
De este modo el descanso acaba dependiendo de una condición difícil de cumplir: que no quede nada por hacer. Piénsalo: ¿crees de verdad que es realista pensar que llegará un día en el que no tendrás nada más que hacer?
Lo que falta pesa más que lo que has hecho
Ha sido un día largo y has cumplido varios compromisos, pero el que quedó pendiente es el que determina el balance que haces de tu día. O recibes una valoración positiva y enseguida la rebajas: «no es para tanto, era fácil», «he tardado demasiado», «podría haberlo hecho mejor»…
Revisar lo mejorable ayuda muchas veces a aprender, pero ¿qué pasa cuando los avances apenas cuentan y cada límite o dificultad se convierte en un reproche? Pues que aparece el desgaste. Y en ocasiones hasta el cansancio puede pasar a formar parte de la acusación que te haces: «con todo lo que me queda por hacer, no debería estar así». Al esfuerzo realizado se suma aquí la dureza con la que te juzgas por lo que (aún) no has hecho y, por eso, lo que falta «pesa» más.
4. Lo que los buenos resultados no revelan
Cumples, resuelves dificultades y otras personas confían en ti. Y como esta manera de funcionar suele darte buenos resultados, es comprensible que te surjan dudas ante la idea de cambiar algo que te sirve.
La cuestión es que un buen resultado no permite saber, por sí solo, si toda la presión que lo acompaña es necesaria. Por ejemplo, cabe esperar que preparar algo con cuidado contribuya a que salga bien, pero pasar la noche repasando posibles fallos puede suponerte un desgaste considerable sin que el resultado mejore necesariamente.
Más ejemplos: desde fuera suele verse la entrega terminada, la casa organizada o el favor resuelto y, sin embargo, no son tan evidentes las múltiples comprobaciones, el plan que tuviste que cancelar o el rato de descanso que pasaste pensando en todo lo que había aún por hacer.
Un buen resultado no permite saber, por sí solo, si toda la presión que lo acompaña es necesaria.
De ahí que convenga ampliar los criterios a la hora de valorar los resultados: además de preguntarte si has cumplido, puedes mirar cuánto tiempo, atención y descanso te ha costado y, asimismo, si has tenido que posponer o dejar de lado otras cosas importantes.
¿Cómo revisar entonces tu exigencia sin desautorizar todo lo valioso que hay en ella? Apreciando tus logros sin dar por hecho que toda la presión que has soportado para alcanzarlos era necesaria.
5. Cómo empezar a reconocer tu propio desgaste
Si te reconoces en esas escenas, quizá sientas ahora el impulso de corregirlo todo: «he de revisar menos, descansar mejor, delegar más, dejar de darle vueltas a todo...», pero, cuidado, porque esta nueva lista podría convertirse precisamente en otra exigencia.
Yo te propondría empezar por algo más sencillo: elige una situación reciente en la que hayas notado cierto desgaste. Y cuando la tengas, hazte esta pregunta:
¿Qué requería realmente esta situación y qué más me estaba exigiendo yo?
Distinguir ambas cosas puede ayudarte a encontrar algo concreto que quieras empezar a probar. Por ejemplo, limitar el número de revisiones que haces, replantearte un compromiso o pedir ayuda para resolver un asunto. También puede ocurrir que no pruebes nada nuevo y solo reconozcas con más claridad dónde empieza la presión, y esta sería una comprensión valiosa aunque todavía no se traduzca en un cambio.
En definitiva, la propuesta es observar con curiosidad lo que te ocurre sin convertirlo en un «ahora también tengo que dejar de exigirme». Si hicieras esto, el intento de cambiar podría convertirse en otra fuente más de presión.
6. Hacer las cosas bien también implica cuidarte
Aspirar a una excelencia sostenible implica valorar qué merece tu esfuerzo y de qué recursos dispones. Y hacer esta valoración puede conllevar reconsiderar tus estándares, no para bajarlos sin más (muchos seguirán teniendo sentido), sino porque quizá necesites adaptar alguno a las circunstancias concretas de la situación que estés viviendo.
Revisar qué te pides en cada situación puede ayudarte a conservar tu compromiso con la calidad de lo que haces sin descuidar aspectos que también son importantes en tu vida, como tu descanso y el tiempo que te dedicas a ti, que es algo que siempre merece atención, por muchas cosas que queden por hacer.
Volvemos al punto de partida de este artículo, que puede convertirse ahora en un nuevo punto de partida para ti y que consiste en reconocer algo que no habías tenido en cuenta al valorar tus logros: consigues sacar muchas cosas adelante, pero el precio de hacerlo así puede estar siendo demasiado alto. Y aquí no puedo evitar proponerte una última reflexión:
¿Qué parte de ese precio has terminado por considerar normal?
Un mapa para empezar a verlo
No quiero cerrar este artículo sin contarte que he creado el «Mapa de fugas de energía: el rastro invisible de tu autoexigencia», un checklist sencillo para ayudarte a reconocer hábitos cotidianos que pueden estar desgastándote sin que te des cuenta.
Lo he concebido como un ejercicio de autoobservación que puede realizarse en apenas cinco minutos, para lo cual solo tienes que marcar las frases con las que te identifiques y ver dónde podrías estar perdiendo energía. No hay puntuaciones ni diagnósticos porque el objetivo es conocerte un poco mejor, no etiquetarte.
Si quieres explorarlo, apúntate aquí para recibirlo gratis por correo electrónico:




