Voy a describir una situación que tal vez te resulte familiar: comparas diferentes opciones, pides incluso alguna opinión, llega un momento en que ya parece que lo tienes claro y… justo cuando vas a elegir, te surge una pregunta del tipo «¿y si después descubro que la otra opción era mejor?».
Así que vuelves a mirar las alternativas que tienes sobre la mesa y, al hacerlo, encuentras un detalle que no habías considerado antes, por lo que retomas las comparaciones y dejas la decisión para cuando tengas un poco más de seguridad al respecto.
Si te reconoces en esta escena, apuesto a que eres de esas personas que se preguntan cómo sería tomar una decisión sin darle tantas vueltas. E igual te sorprende que te diga que lo que te frena quizá no tenga tanto que ver con saber elegir y que, en realidad, esté más relacionado con lo que te estás pidiendo en cada elección, es decir, tener la seguridad de que acertarás, de que aprovecharás bien tus recursos y de que luego no te arrepentirás.
Cuando algo nos importa, sin duda merece que reflexionemos sobre ello, pero hay una diferencia entre sopesar las opciones antes de decidir y pretender que esa decisión elimine toda incertidumbre sobre lo que pasará después. Porque decidir bien no significa decidir con certeza absoluta; significa valorar lo que sabes, reconocer lo que no puedes garantizar y elegir con un criterio realista y proporcionado a lo que está en juego.
1. Cómo se relacionan autoexigencia e indecisión
Desde mi punto de vista, al hablar de indecisión es conveniente considerar también el papel de la autoexigencia, porque esta puede ayudarte a investigar, contrastar propuestas o detectar riesgos que podrías pasar por alto. Y todo esto tiene valor.
La dificultad aparece cuando ninguna respuesta parece suficiente para cerrar una decisión y piensas que siempre podría existir una alternativa mejor, una opinión más útil o una consecuencia que aún no has previsto. Y aquí se produce un cambio que no siempre es fácil advertir, pues además de elegir algo que encaje con lo que quieres, lo que estás haciendo es intentar asegurarte de que tu yo del futuro nunca te reprochará la elección que hiciste.
Es en esos momentos cuando piensas «con el tiempo que le he dedicado a preparar esto, no debería equivocarme», o «si elijo mal, es que en realidad no sé lo que quiero». Y de este modo es cómo una decisión concreta puede acabar convirtiéndose en una evaluación de tu capacidad, y, claro, siendo así, no es extraño que te cueste elegir porque, en el fondo, sientes que también está en juego la opinión que tienes de ti.
Por supuesto, esta relación con la exigencia no está detrás de toda indecisión. En muchas ocasiones simplemente puedes necesitar un dato importante que no tienes, estar ante opciones que no te satisfacen del todo o tener prioridades que entran en conflicto, y no todas estas situaciones requieren la misma respuesta: a veces tendrás que obtener más información; otras, aclarar tus prioridades o aceptar que ninguna alternativa es perfecta. Por eso, antes de atribuir tus dudas a tu forma de exigirte, conviene comprender qué las está provocando.
2. Más información no siempre aporta más claridad
Vamos a suponer que te interesa mucho el contenido de una formación que dura varios meses y estás valorando realizarla, pero estás dudando entre dos propuestas concretas. En este caso, el horario, la dedicación semanal y la experiencia de quienes imparten la formación son aspectos importantes que podrían ayudarte a elegir.
Ahora imagina que ya has aclarado esos puntos y estás buscando testimonios de personas que han cursado una u otra formación. Lees uno favorable y te aporta confianza; encuentras otro menos entusiasta y vuelves al punto de partida de la indecisión. Esas opiniones pueden proporcionar información relevante, pero la cuestión es qué esperas obtener leyendo más testimonios: ¿algún dato que cambie tu valoración o la garantía de que la formación no te decepcionará?
Parece obvio, pero conviene recordarlo: una experiencia de otra persona puede orientarte, pero no puede anticipar exactamente la tuya. Lo que quiero señalar con esto es que hay incertidumbres que puedes reducir preguntando e investigando, si bien habrá otras que dependerán de cómo se desarrollen las cosas, de cómo puedan cambiar tus circunstancias personales o de aspectos de la formación que solo podrás valorar cuando los experimentes.
Para mí, una distinción especialmente útil (dicha en términos un tanto lapidarios, no lo niego) es esta: la información suficiente permite fundamentar una elección; la certeza absoluta exigiría conocer también lo que todavía no ha ocurrido. Y si buscas esa certeza reuniendo más información o leyendo más testimonios, puedes seguir acumulando datos sin resolver lo que realmente te impide decidir.
3. Elegir supone aceptar renuncias
A veces conoces bien las opciones disponibles y, aun así, ninguna reúne todo lo que deseas. Siguiendo con el ejemplo anterior, podría ser que una de las dos formaciones ofrezca mayor profundidad y exija más tiempo del que te gustaría dedicarle, mientras que la otra encaje mejor en tu horario, pero no incluya una parte del contenido que te interesa.
Como seguir comparando no siempre elimina ese conflicto, puede que llegue un momento en el que tengas que valorar qué necesitas priorizar y qué tiene más sentido para ti en esa coyuntura.
En este punto alguien podría proponer recurrir a las listas de pros y contras para identificar diferencias. Sin embargo, contar cuántas ventajas o desventajas tiene cada opción no basta, porque una sola desventaja importante puede pesar más que varias ventajas; por ejemplo, un horario incompatible con tu vida no deja de serlo por muchas ventajas que tenga la opción que estás valorando.
Y aquí quiero introducir otro matiz que muchas veces olvidamos: tampoco tienes por qué limitarte a elegir entre esas dos alternativas. Volviendo al ejemplo, quizá puedas esperar a otra edición de alguna de estas formaciones, buscar un formato distinto o reconocer que ninguna opción disponible te encaja lo suficientemente bien en este momento.
En cualquier caso, lo importante es revisar tus expectativas y prioridades y no esperar que exista una opción que reúna todas las ventajas sin ninguna renuncia. Que te cueste descartar algo que también te interesa no significa que te estés equivocando. Porque, dime: cuando tienes varias alternativas valiosas que no puedes compatibilizar, ¿crees que es posible elegir una sin desechar otras o sin renunciar a algo? Y si sabes cómo hacerlo, por favor, cuéntamelo: mi mente racional necesita conocer ese milagro.
4. Decidir bien no garantiza un buen resultado
El miedo a arrepentirte puede llevarte a pensar que, si las cosas no salen como esperabas, será porque tomaste una mala decisión; y, sin embargo, no es lo mismo valorar cómo decidiste que juzgar tu elección únicamente por sus consecuencias.
Piénsalo: puedes haber analizado las opciones, considerado los riesgos y elegido de acuerdo con tus prioridades y, aun así, obtener un resultado distinto del que esperabas, sencillamente porque hay circunstancias que no puedes prever ni controlar. Por eso, al revisar una decisión, conviene distinguir entre la información de la que disponías al decidir y lo que sabes ahora.
Si no tuviste en cuenta una información importante, puedes aprender de ello, pero si las circunstancias cambiaron o tus preferencias han evolucionado con el tiempo, no significa necesariamente que tu decisión fuera equivocada ni tendría sentido reprocharte por no haberlo previsto.
También puede ocurrir que, al revisar lo sucedido, reconozcas que realmente cometiste un error. En ese caso, además de asumirlo y aprender de él, importa cómo te tratas cuando te equivocas, una cuestión sobre la que reflexiono en «Excelencia sin agotamiento: cuidar la calidad sin castigarte», donde entre otras cosas abordo la diferencia entre reconocer un error y castigarte por haberlo cometido.
Decidir con criterio no garantiza que todo salga bien. La buena noticia es que tampoco necesitas esa garantía para tomar una buena decisión.
5. La espera: cuándo ayuda y cuándo prolonga la indecisión
Aplazar una decisión puede ser prudente si tienes claro por qué necesitas esperar y qué te aportará hacerlo. Por ejemplo, la espera puede serte útil para descansar, hablar con alguien implicado o recibir información importante.
Otras veces, sin embargo, al esperar lo que haces es seguir dando vueltas a las mismas posibilidades sin encontrar información nueva que te ayude a decidir. Y mientras tanto puede que los plazos se estrechen y que aumente el desgaste que supone que la decisión siga pendiente.
Por tanto, antes de seguir aplazando una decisión, merece la pena valorar qué te está aportando esa espera y qué consecuencias puede tener.
6. Qué necesitas saber y qué no puedes garantizar
Piensa en una decisión concreta que tengas pendiente, como, por ejemplo, elegir una formación, aceptar una colaboración o continuar una actividad. La idea es que trabajar con una situación real te ayude a identificar mejor qué está dificultando tu decisión.
Ahora escribe esta pregunta y, después, respóndela brevemente:
¿Qué información podría cambiar mi elección y qué certeza estoy buscando que ningún dato puede ofrecerme?
Una posible respuesta para el ejemplo de la formación sería «necesito saber si las sesiones quedarán grabadas, porque no podré asistir siempre. Lo que quiero es tener la seguridad de que dentro de seis meses no me arrepentiré de mi elección pensando que tenía que haber escogido la otra formación». La primera parte plantea una duda que puedes resolver, mientras que la segunda expresa el deseo de tener una garantía que ninguna información puede ofrecerte (o dicho de otra manera: reconoce una incertidumbre que seguirá existiendo aunque aclares la duda).
Respecto a las grabaciones, puedes preguntar si estarán disponibles y tener en cuenta la respuesta para comparar ambas formaciones, pero si lo que buscas es asegurarte de que no te arrepentirás, seguir recopilando información no podrá ofrecerte esa garantía.
El siguiente paso, una vez resuelta la duda, es valorar qué aspectos son prioritarios para ti y qué inconvenientes o renuncias podrías llegar a asumir. Por otra parte, has de tener presente que también cabe la posibilidad de que descubras que ninguna de las dos formaciones encaja bien con lo que necesitas en este momento.
El propósito de responder a esta pregunta pensando en una decisión concreta no es, por tanto, que puedas tomar una decisión inmediatamente, sino ayudarte a distinguir qué información todavía necesitas y qué incertidumbre no puedes eliminar. Así podrás valorar tus opciones con un criterio más realista y sin exigirte una seguridad imposible.
Recuerda: la información suficiente permite fundamentar una elección; la certeza absoluta exigiría conocer también lo que todavía no ha ocurrido.
7. Decidir no significa dejar de dudar
Apuesto a que alguna vez has tomado una decisión razonada y, unas horas después, ha aparecido el «¿y si…?». Desde mi punto de vista, conviene prestar atención a esa duda que emerge, pero sin asumir automáticamente que necesitas empezar de cero. Quizá has recordado un dato importante, descubierto una incompatibilidad o identificado una preferencia que antes no habías tenido en cuenta, y cualquiera de estas circunstancias puede justificar que revises tu decisión.
Ahora bien, también puede ocurrir que simplemente sigas sintiendo la incomodidad (inherente a las decisiones difíciles) de haber renunciado a una posibilidad al haber escogido otra. En este caso conviene tener presente que sentir inquietud no demuestra por sí solo que hayas elegido mal, del mismo modo que sentir alivio no garantiza que todo vaya a funcionar.
Ante esas dudas, puedes revisar las razones que te llevaron a tomar la decisión y comprobar si siguen teniendo sentido. Y si no aparece ningún motivo importante para reconsiderar tu elección, quizá sea mejor darte un tiempo para comprobar cómo te sientes con tu decisión (experimentar lo elegido), en lugar de seguir pensando en las alternativas que descartaste.
Por el contrario, si descubres algo que cambia significativamente tu valoración, también puedes reconsiderar tu elección, siempre que exista margen para hacerlo. Mantener tu criterio no significa aferrarte a una decisión a toda costa, sino saber reconocer cuándo hay razones para sostenerla y cuándo conviene rectificar.
8. Decidir con criterio, sin exigir certezas
Como hemos analizado en este artículo, cuando una decisión te importa, es razonable que quieras pensarla bien; y acciones como buscar información, contrastar alternativas o valorar las posibles consecuencias forman parte de ese cuidado. ¿Cuándo empieza a complicarse el asunto? Cuando, además de decidir con criterio, te exiges tener la seguridad de que nunca te arrepentirás de la decisión que tomes.
También hemos visto que no todas las dudas requieren seguir investigando, que elegir implica renuncias y que ni siquiera una decisión bien razonada garantiza el resultado que esperas. Y reconocer todo esto no significa conformarte con decidir de cualquier manera, sino aprender a distinguir entre lo que puedes hacer para elegir mejor y lo que escapa a tu control. Asimismo, decidir con criterio supone ajustar el análisis a la importancia de cada decisión y a las dificultades que podría entrañar tener que rectificar después.
En mi programa Excelencia profundizamos en todas estas claves y dificultades y exploramos el miedo a equivocarte, la indecisión y la tendencia a posponer decisiones, con el objetivo de que puedas avanzar en tu día a día con más claridad y confianza (y sin exigirte certezas imposibles).
En definitiva, decidir bien no consiste en garantizar que nunca tendrás dudas ni que todo saldrá como esperabas, sino en elegir con criterio a partir de la información disponible y de lo que es importante para ti. Lo demás no siempre está en tus manos.
Y una cosa más:
Si te reconoces en ese «por si acaso» que te lleva a seguir investigando, revisando o posponiendo, quizá te interese descubrir cómo esta búsqueda de seguridad puede manifestarse también en otros ámbitos de tu vida, no solo al tomar decisiones.
En el «Mapa de fugas de energía», que puedes recibir gratis por correo electrónico, te propongo explorar esta manera de actuar junto con otras manifestaciones cotidianas de la autoexigencia.




